Escuchando boleros

Algunas mañanas, al despertarme, para conseguir afrontar el resto del día con el máximo de energía y de espíritu constructivo, suelo utilizar un sistema que personalmente nunca me falla, que, por cierto, sé que no es el que suelen recomendar desde el Ministerio de Sanidad o desde la Conselleria de Salut, pues no hago ni tablas de gimnasia, ni meditación, ni tomo un desayuno muy completo. Algunas mañanas, al despertarme y al empezar el día, lo que hago es ponerme a escuchar boleros, o baladas, o rancheras, o tangos, o canciones llenas de melancolía y de tristeza, seguramente porque creo que en el arte o en la vida nada hay más poderoso que una confesión en la que alguien nos habla de amor y desamor, de su amor y de su desamor. Y eso son, esencialmente, los boleros, confesiones, confesiones que se nos hacen a todos los que estamos escuchando, unas confesiones en las que normalmente se nos muestran corazones desgarrados, almas heridas y sueños rotos, o más bien hechos directamente añicos. La persona que se confiesa ante nosotros, hombre o mujer, parece como si nos estuviera diciendo: “Nadie ha sufrido tanto como yo, nadie ha querido tanto como yo, nadie ha sentido tanto como yo”. Y, posiblemente, sea verdad. Lo que nos atrae sin remedio de las letras que escuchamos en los boleros, es que una persona desnuda por completo su alma ante nosotros, no dejando absolutamente nada -nada- dentro de sí. No hay un solo resquicio de pudor ni de reserva en una confesión, pues la persona que ha sufrido quiere decirlo y proclamarlo a los cuatro vientos, quiere darlo a conocer a todo el mundo, quizás esperando o deseando nuestro perdón o nuestra condena, aunque el juez o la jueza más implacable consigo mismo o consigo misma suele ser siempre la propia persona que se confiesa. En cada bolero, en cada ranchera, en cada balada, en cada tango, está todo lo que de verdad importa en una vida, lo que de verdad nos afecta en nuestras propias existencias. Están las lágrimas, las risas, los abrazos, el sufrimiento, el dolor, la dicha, la felicidad, la luz, la oscuridad, las dudas, las caricias, el deseo, la melancolía, el amor absoluto, el desamor absoluto, la pasión, la frialdad, el calor humano, la indiferencia, la soledad, la nostalgia, la tristeza, la fe, la esperanza, la desesperación absoluta, el todo y la nada, el siempre y el nunca, la presencia y la ausencia, a veces momentánea, y otras veces, en cambio, tristemente, definitiva. En cada bolero, en cada canción triste que expresa sentimientos, la voz que se confiesa ante nosotros es como si también dijera a la persona a la que ama: “A pesar de todo, o por ello mismo, no te puedo olvidar, no te puedo dejar de amar, no puedo dejar de pensar en ti”. Y, seguramente, de todas las cosas que solemos escuchar a lo largo del día, de casi cualquier día, esa es la única que, de verdad, es profunda, real y definitivamente verdad.

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05 2010

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  1. Tu Admiradora #
    1

    Soy una aficionada a los boleros, y realmente cuando más me gusta escucharlos es cuando me siento como cuentan en las canciones, con el alma desgarrada y el dolor emanando por cada poro de mi ser, pero percibo el mismo mensaje que tú, aunque todo lo que me produce tan sólo el hecho de pensar en esa persona es amargura y dolor no soy capaz ni de olvidarla ni de dejarla de amar.Como en tantas ocasiones, gracias por tu inmejorable descripción.