Donde se calma el dolor

Uno de los libros más hermosos que he leído recientemente es Lugares donde se calma el dolor (Ediciones Destino), de César Antonio Molina, que para mí es hermoso ya incluso desde su mismo título, porque parece remitirnos directamente a lo que, seguramente, es uno de los sueños más recurrentes y a la vez ansiados en muchos de nosotros, el de que algún día podremos escapar de nuestro propio destino o de nuestra vida actual y llegar a encontrar un lugar en el mundo o incluso tal vez varios que nos ayudarán a poder paliar o a hacer algo más suaves nuestras melancolías, nuestras añoranzas o nuestras tristezas, porque serán lugares en donde, efectivamente, sólo con observarlos, con recorrerlos y con sentirlos como propios en el fondo de nuestro corazón, será posible calmar ese vago dolor del alma o del espíritu que a veces nos atenaza a casi todos los seres humanos. César Antonio Molina inicia su recorrido en Nápoles y lo concluye en Damasco, y a lo largo de su libro nos habla también, entre otras ciudades, de Roma, Trieste, Londres, San Petersburgo, Buenos Aires, Nueva York, Madrid, Praga o, por supuesto, París. En esta última ciudad, recuerda, por ejemplo, una visita al cementerio de Montmartre, en donde encontró de forma inesperada la tumba del malogrado director François Truffaut, un cineasta que él ama casi tanto como yo. “Tres rosas rojas, recién cortadas, tapaban su epitafio”, escribe, mientras recuerda también la letra de la bellísima canción de Charles Trenet ‘¿Qué queda de nuestros amores?’, que aparecía en los títulos de crédito de la película Besos robados. Y mientras leemos esas páginas concretas y muchas otras a lo largo del libro, nos va embargando casi siempre, sin poder evitarlo, una muy profunda melancolía, al ser conscientes de que hay presencias todavía esenciales en nuestras propias vidas que, al mismo tiempo, son ya dolorosas ausencias físicas de personas que ya nunca podrán ser recuperadas. En este sentido, las referencias al pasado, a personas que ya forman parte para siempre de la historia de la música, la literatura, el cine o el arte son constantes en Lugares donde se calma el dolor, mientras César Antonio Molina nos va contando, con amenidad, con elegancia, con sencillez y con una gran erudición, qué acontecimientos concretos sucedieron o pudieron suceder en cada uno de los lugares que ha visitado, en tal o cual calle, en tal plaza, en tal palacio o en tal parque, acontecimientos que en algunos casos fueron realmente mágicos y maravillosos, y en otros, en cambio, absolutamente dolorosos y trágicos. Y de este modo, casi sin apenas darnos cuenta, vamos llegando finalmente a la conclusión de que por culpa de determinadas circunstancias históricas o personales, o por la conjunción de ambas, ni siquiera en las ciudades más hermosas, en aquellas en que aún hoy seguimos soñando, es posible poder calmar siempre nuestro espíritu o poder escapar siempre de la tristeza, de la soledad o del dolor.

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05 2010

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El comentario superior es el más reciente

  1. Gaspar Aguiló Frau #
    1

    Uno de tus más hermosos “duendes”

    Un abraçada.

  2. postulante a hada #
    2

    ¿Qué es una perla? El marisco se hace una herida con un grano de arena, y el grano queda metido en la llaga. Se ponen en función todos los recursos para sanar la herida. Cuando ésta queda sana y el proceso de reparación termina, es una perla lo que cierra la herida. El sufrimiento, el dolor, hace aparecer recursos insospechados en un marisco, y el resultado es una beldad que no se puede obtener de otra manera. ¡La perla es una herida cicatrizada! ¡Si no hay herida no hay perla!
    Los infortunios de nuestra vida pueden ser transformados en bendiciones, las heridas en perlas preciosas de gran valor. Cada puerta una perla, cada infortunio, cada fracaso, cada pérdida, puede transformarse. Tenemos que aprender a ver señales en estos infortunios.
    De los embates de la vida pueden venir nuestra más ricas recompensas.