Descansar un poco de uno mismo

A lo largo de nuestras vidas, suele haber cada cierto tiempo determinados días en que, sin saber quizás muy bien por qué, sólo deseamos descansar un poco de nosotros mismos, de nuestras rutinas cotidianas, de nuestra habitual forma de ser, de pensar o de actuar. En esos días, nos sentimos o deseamos sentirnos más que nunca sólo como meros espectadores de la vida, de todo lo que sucede a nuestro alrededor, intentando, si fuera posible, no implicarnos racionalmente en nada de ello, sino sólo emocionalmente, intentando evitar cualquier posible dolor o sufrimiento de carácter psíquico. Y miramos entonces, por ejemplo, cómo la brisa mueve suavemente las hojas de los árboles, mientras pensamos: “Está bien, todo está bien”. Y así podemos estar durante mucho, mucho tiempo, o mirando también la lluvia, o las olas del mar, o los pájaros volando de árbol en árbol en algún parque, sin desear hacer nada más que contemplar serenamente cómo se va desarrollando ante nosotros el espectáculo mágico y prodigioso de la naturaleza, de la vida, del mundo, del universo. En otras ocasiones, preferimos pasear y sentarnos luego en un banco, sólo para ver pasar a la gente, mientras en algunos casos hacemos pequeñas cábalas sobre cómo debe de ser la vida de algunas personas concretas que pasan ante nosotros o a dónde deben ir o de dónde deben de venir. Y así podemos estar también durante mucho, mucho tiempo. En esos días en que queremos ser sólo espectadores, a veces nos cuesta un poco incluso llevar a cabo actividades que en otros momentos nos ayudan a sentirnos o a estar mejor, como escuchar música, ver una película o leer un libro o un periódico. En esos días, uno tiene también una cierta propensión a quedar sólo con aquellas personas que quizás puedan sentirse también así, para compartir esos instantes de serenidad hablando tranquilamente, o sintiendo la calidez de un abrazo o de una caricia -en el caso del amor-, o permaneciendo serenamente en silencio. Y cuando esos días tan especiales, y que en principio parecían además tan difíciles, ya han pasado, creo que suelen dejarnos siempre un muy buen recuerdo, tal vez porque vivir es quizás también a veces descansar un poco de nosotros mismos, para poder sentir con más intensidad el misterio y la fuerza de la vida, de la vida propia y de la vida de los demás, algo que algunos días sólo conseguimos, paradójicamente, sólo viendo la vida como meros espectadores, sólo dejándola un poquito marcharse y pasar.

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05 2010

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