¡Qué pesados!

En ocasiones, todo parece conjurarse contra nosotros para que no podamos llevar una vida mínimamente tranquila, hecha a partes más o menos iguales de discreción, recogimiento y dignidad. El primer contratiempo para intentar impedir ese noble propósito suelen ser las llamadas que recibimos casi cada día en nuestro teléfono particular ofreciéndonos la posibilidad de poder cambiar de compañía o diciéndonos que nos ha tocado un regalo inesperado. Poco importa que digamos y repitamos que no tenemos tiempo, o que no nos interesa cambiar, o que no queremos ese maravilloso regalo, pues la persona que se encuentra al otro lado del hilo telefónico no se suele dar casi nunca por aludida y sigue con su abnegado y sin duda meritorio propósito de que intentemos cambiar de opinión. En situaciones como éstas, creo que muchos de nosotros habremos estado tentados en más de una ocasión de decir poco más o menos algo así: “Mire, de verdad que no quiero ser maleducado, pero mi situación económica y laboral es un desastre, mi vida personal y familiar es un desastre y mi futuro a todos los niveles creo que seguirá siendo igualmente un desastre, y además es más que probable que usted se encuentre también en mi misma situación o incluso en una situación algo peor, así que creo que lo mejor es que yo me despida ahora muy cordialmente de usted y que cuelgue justo en este preciso momento”. Pip, pip. Pip, pip… Yo creo que si en alguna ocasión dijéramos estas palabras u otras semejantes, podríamos intentar reconducir situaciones que no nos gustan o que no nos resultan agradables, aun sabiendo que el éxito en nuestra ardua y sin duda arriesgada misión no estaría siempre del todo garantizado, pues nadie se da hoy en día fácilmente por vencido. “No es que quiera ser pesado, pero insisto en que…”, es una réplica de contraataque que dirigida hacia nosotros puede acabar derrotándonos casi por completo, tanto, que al final podemos acabar cambiando efectivamente de compañía telefónica o aceptando ese fantástico obsequio, en una nueva constatación de que si en nuestro país hay alguien que efectivamente casi siempre gana, ese es sin duda el “pesado”. En épocas de crisis como la actual, debería de ser al contrario, pues tendríamos que poder vivir con la máxima tranquilidad posible en medio del caos que nos envuelve. Pero no nos dejan. Casi nadie nos deja. Así, no hay día en el que casi todos los medios no nos digan una y otra vez lo mal que está todo, y cómo empeorará, o lo mal presidente que es José Luis Rodríguez Zapatero, y cómo empeorará también, lo cual, intentando ser mínimamente ecuánimes y objetivos, parece en estos momentos casi imposible, de lo rematadamente malo que es ya nuestro querido y pesado presidente ahora. Sinceramente, no hace falta que nos lo repitan en la radio y en la televisión una y otra vez cada día, cada tarde y cada noche. Lo sabemos. De verdad que lo sabemos. Los únicos que para nuestra desgracia y para nuestro absoluto agotamiento psíquico parecen no saber que lo sabemos son los pesados que sin apenas casi descanso -por eso mismo son pesados- nos los dicen, nos lo repiten y nos lo recuerdan en los diferentes medios. ¡Por favor, pesados de nuestro país y de todo el mundo, tengan piedad de nosotros! ¡Por favor, tengan piedad y compasión! Y con esta reiterada petición lo último que yo quisiera es ser también igualmente pesado.

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05 2010

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