Archivo de mayo, 2010

Todas las víctimas

Desde el momento en que que tuve por vez primera un conocimiento profundo y objetivo de la compleja y dramática situación que se vive en Oriente Medio desde hace décadas, abogué siempre por la coexistencia pacífica de Palestina y de Israel, y también porque ambos países fueran reconocidos como estados libres e independientes en todo el mundo. Al mismo tiempo, condené siempre con la misma intensidad -con la misma intensidad- la más mínima vulneración de los derechos humanos que se pudiera haber producido tanto por una parte como por otra, no sólo en los casos más extremos y dramáticos en que ha habido víctimas mortales, sino también en aquellos otros en que ha habido desde vulneraciones al derecho a la libertad de expresión o de movimiento hasta retenciones o incluso torturas. Por ello mismo, creo que hoy debo condenar y condeno el ataque de la Marina de Israel a la llamada ‘Flotilla de la libertad’, que se dirigía hacia Gaza con ayuda humanitaria, más allá de las acusaciones mutuas que existen en estos momentos sobre quién habría empezado a disparar o sobre la posibilidad de que hubiera armas en el interior de alguno de los barcos del convoy. Personalmente, creo que este ataque debe ser condenado sin paliativos no sólo por las víctimas mortales que ha provocado, sino también porque parece alejar aún un poco más la posibilidad de que algún día pueda llegar la paz a esa castigada y sufriente zona de nuestro planeta. Dicho esto, no puedo sino lamentar y avergonzarme personalmente de algunos comentarios que he leído en las ediciones digitales de los distintos periódicos españoles sobre este trágico suceso, en los que sólo aparece odio, odio y más odio. Odio a los árabes, odio a los judíos, odio hacia quien no comparte la ideología o las palabras de quien ha escrito el comentario. Odio, sólo odio, ese odio tan nuestro, tan español, de intentar aniquilar -en la actualidad de momento sólo con las palabras- a quien no piensa como nosotros, odio tenuemente disfrazado en algunas ocasiones de una -para mí- aparente y falsa indignación. Al leer dichos comentarios, parece como si hubiera una especie de macabra e implícita competición para ver quién dice la brutalidad más grande, sea contra Palestina, sea contra Israel, o sea contra nuestro propio Gobierno, Estados Unidos o la Unión Europea, desde el más absoluto desconocimiento de lo que ha sido y es la historia y la realidad en Oriente Medio. Pero ya se sabe que la ignorancia es atrevida, y en este caso además creo que desquiciada y cruel. Una vez más, no han faltado los brutales comentarios que equiparan a los nazis con Israel, o que atribuyen a los árabes todo tipo de maldades, comentarios por los que uno sólo puede sentir repugnancia y asco, porque suponen una falta de respeto absoluta y miserable no sólo hacia todas las víctimas del nazismo, del Holocausto, sino también hacia todas las víctimas palestinas e israelíes habidas en más de cincuenta años de conflicto. Y es en las víctimas en lo que creo que deberíamos de pensar siempre, en todas las víctimas, en las pasadas y en las presentes, mientras entre todos intentamos hacer lo posible para que no se vuelvan a producir nunca más tragedias como la de hoy.

31

05 2010

Sin darnos cuenta

Desde hace ya un cierto tiempo, cada vez voy siendo más consciente de que los años pasan siempre muy rápido, sin apenas darnos casi cuenta. Y cuanto más mayores nos vamos haciendo, más rápido parecen los años pasar. Esa sensación, cada vez más recurrente, se acrecienta en momentos determinados, y uno de ellos es, curiosamente, el de la celebración, cada mes de mayo, del Festival de Eurovisión. Ya han pasado más de cuatro décadas desde las primeras ediciones de las que guardo un recuerdo personal, y eso me hace sentirme ya un poquito viejo. Parece increíble que haya pasado ya tanto tiempo desde la participación de Massiel, Salomé, Karina, Mocedades o Sergio y Estíbaliz, o que hayan pasado ya nada menos que dos décadas desde que participó Sergio Dalma con su Bailar pegados. O desde que, a nivel político, cayó el Muro de Berlín un poco antes. Desde aquellos años hasta ahora, muchas cosas han cambiado, no sólo en el propio festival, con semifinales y votaciones telefónicas incluidas, sino también por supuesto en el mundo, pero gracias a la presencia y a la voz de José Luis Uribarri sentimos que quizás no han cambiado tantas cosas, pues él sigue acertando de forma increíble año tras año cuando nos adelanta qué países nos darán puntos a nosotros, o qué puntuación darán los estados nórdicos o del este a los países de su entorno, como nos volvió a demostrar de nuevo ayer con gran maestría. No nos daremos casi cuenta, y un día, al pensar en la actuación -en las dos actuaciones en realidad- de Daniel Diges, seremos conscientes de que han pasado ya, no sé, cinco, diez, quince o veinte años, como ha pasado ya casi una década desde la participación de Rosa y su Europe’s living a celebration. Pero no sólo el Festival de Eurovisión puede suponer una buena referencia personal para ser a veces plenamente conscientes del paso del tiempo. Pienso también ahora en algunos directores de cine norteamericanos hoy ya plenamente reconocidos y considerados como veteranos, cuyas películas empezamos a ver en los lejanos años setenta, cuando eran considerados como unos jóvenes rebeldes, o pienso igualmente en los sucesivos jugadores que han formado parte de las distintas plantillas del Real Mallorca desde que inició su segunda etapa dorada tras abandonar un día también ya lejano la Tercera División. Y al pensar en estas y en otras cosas, es posible que nosotros mismos nos preguntemos quizás qué hemos hecho con nuestra propia vida en todos esos años. ¿La hemos aprovechado como debíamos? ¿Cambiaríamos algo? ¿Cometimos muchos errores? ¿Los podríamos haber evitado? ¿Deberíamos de haber dedicado mucho más tiempo a los sentimientos y a la vida, y muchísimo menos tiempo al trabajo? Sean cuales sean nuestras respectivas respuestas, hay algo en lo que sí creo que podríamos estar seguramente casi todos de acuerdo, y es en la verdad última de esta conocida sentencia latina que nos habla sobre el paso del tiempo: “El tiempo vuela, como las nubes, como las naves, como las sombras”. Sí, el tiempo siempre pasa muy rápido, se escapa más bien, y se va. Se va de forma irrecuperable y para siempre. Como la vida. Como nuestra propia vida. Sin apenas darnos cuenta.

30

05 2010

Escuchando boleros

Algunas mañanas, al despertarme, para conseguir afrontar el resto del día con el máximo de energía y de espíritu constructivo, suelo utilizar un sistema que personalmente nunca me falla, que, por cierto, sé que no es el que suelen recomendar desde el Ministerio de Sanidad o desde la Conselleria de Salut, pues no hago ni tablas de gimnasia, ni meditación, ni tomo un desayuno muy completo. Algunas mañanas, al despertarme y al empezar el día, lo que hago es ponerme a escuchar boleros, o baladas, o rancheras, o tangos, o canciones llenas de melancolía y de tristeza, seguramente porque creo que en el arte o en la vida nada hay más poderoso que una confesión en la que alguien nos habla de amor y desamor, de su amor y de su desamor. Y eso son, esencialmente, los boleros, confesiones, confesiones que se nos hacen a todos los que estamos escuchando, unas confesiones en las que normalmente se nos muestran corazones desgarrados, almas heridas y sueños rotos, o más bien hechos directamente añicos. La persona que se confiesa ante nosotros, hombre o mujer, parece como si nos estuviera diciendo: “Nadie ha sufrido tanto como yo, nadie ha querido tanto como yo, nadie ha sentido tanto como yo”. Y, posiblemente, sea verdad. Lo que nos atrae sin remedio de las letras que escuchamos en los boleros, es que una persona desnuda por completo su alma ante nosotros, no dejando absolutamente nada -nada- dentro de sí. No hay un solo resquicio de pudor ni de reserva en una confesión, pues la persona que ha sufrido quiere decirlo y proclamarlo a los cuatro vientos, quiere darlo a conocer a todo el mundo, quizás esperando o deseando nuestro perdón o nuestra condena, aunque el juez o la jueza más implacable consigo mismo o consigo misma suele ser siempre la propia persona que se confiesa. En cada bolero, en cada ranchera, en cada balada, en cada tango, está todo lo que de verdad importa en una vida, lo que de verdad nos afecta en nuestras propias existencias. Están las lágrimas, las risas, los abrazos, el sufrimiento, el dolor, la dicha, la felicidad, la luz, la oscuridad, las dudas, las caricias, el deseo, la melancolía, el amor absoluto, el desamor absoluto, la pasión, la frialdad, el calor humano, la indiferencia, la soledad, la nostalgia, la tristeza, la fe, la esperanza, la desesperación absoluta, el todo y la nada, el siempre y el nunca, la presencia y la ausencia, a veces momentánea, y otras veces, en cambio, tristemente, definitiva. En cada bolero, en cada canción triste que expresa sentimientos, la voz que se confiesa ante nosotros es como si también dijera a la persona a la que ama: “A pesar de todo, o por ello mismo, no te puedo olvidar, no te puedo dejar de amar, no puedo dejar de pensar en ti”. Y, seguramente, de todas las cosas que solemos escuchar a lo largo del día, de casi cualquier día, esa es la única que, de verdad, es profunda, real y definitivamente verdad.

29

05 2010

Las ofertas y yo

Cuando éramos pequeños, nuestra madre nos llevaba a mis dos hermanos y a mí dos o tres veces al año a la planta de ‘Oportunidades’ de la antigua Galerías Preciados, en la avenida de Jaume III, con el objetivo de comprarnos ropa a muy buen precio que pudiera durarnos, además, el máximo tiempo posible. Siempre nos atendía el mismo dependiente, que era una persona de verdad muy amable, capaz de interesarse también por nuestros pequeños problemas personales o económicos de aquel entonces. Otro punto de compra de referencia para mi madre en aquellos años era ‘Tiburón’, en la calle Velázquez, que también visitábamos de vez en cuando. Fue de esta forma, cuando ya en nuestra infancia descubrimos el apasionante mundo de las ofertas, de los saldos y de las oportunidades, del que nos acabaríamos haciendo especialmente devotos durante todos aquellos años y también en los de nuestra adolescencia y nuestra primera juventud. El imperativo -entre hipotético y categórico- que como familia nos movía, dada nuestra difícil y compleja situación económica, era comprar bien y a la vez ahorrar. Algo más adelante, cuando vinieron unos años un poco mejores a nivel de ingresos gracias a nuestros respectivos nuevos trabajos, creo que mi madre, mis dos hermanos y yo nos olvidamos un poco de aquella época, pensando que la habíamos dejado ya para siempre atrás, y entramos a formar parte de la maravillosa clase media española, situación en la que nos hemos mantenido luego de forma más o menos estable a lo largo del tiempo, si bien con algunos importantes e inesperados altibajos. Ahora, en estos tiempos de crisis, hemos vuelto un poco a nuestros orígenes, y hemos vuelto también de nuevo, más que nunca, al apasionante mundo de las ofertas, los saldos y las oportunidades. Creo que en aquellos lejanos años desarrollamos como familia una especie de sexto sentido para descubrir los mejores productos que podíamos comprar estando en oferta, intuición que, por fortuna, creo que nunca llegamos a perder del todo. Y aquí estamos de nuevo, como miles de familias españolas más en nuestras mismas circunstancias, comprando en el supermercado productos de oferta, comprando en las tiendas ropa de oferta y, en mi caso, comprando también películas en dvd de oferta o incluso de segunda mano. Y cuando salimos, las pocas veces que ahora salimos, comemos o cenamos de menú, que viene a ser como el equivalente de las ofertas en el mundo de la restauración. En cierto modo, puedo decir que no sé qué hubiera podido llegar a ser de mi vida si no llega a ser por las ofertas, los saldos y las oportunidades, o por las rebajas.

28

05 2010

¡Qué pesados!

En ocasiones, todo parece conjurarse contra nosotros para que no podamos llevar una vida mínimamente tranquila, hecha a partes más o menos iguales de discreción, recogimiento y dignidad. El primer contratiempo para intentar impedir ese noble propósito suelen ser las llamadas que recibimos casi cada día en nuestro teléfono particular ofreciéndonos la posibilidad de poder cambiar de compañía o diciéndonos que nos ha tocado un regalo inesperado. Poco importa que digamos y repitamos que no tenemos tiempo, o que no nos interesa cambiar, o que no queremos ese maravilloso regalo, pues la persona que se encuentra al otro lado del hilo telefónico no se suele dar casi nunca por aludida y sigue con su abnegado y sin duda meritorio propósito de que intentemos cambiar de opinión. En situaciones como éstas, creo que muchos de nosotros habremos estado tentados en más de una ocasión de decir poco más o menos algo así: “Mire, de verdad que no quiero ser maleducado, pero mi situación económica y laboral es un desastre, mi vida personal y familiar es un desastre y mi futuro a todos los niveles creo que seguirá siendo igualmente un desastre, y además es más que probable que usted se encuentre también en mi misma situación o incluso en una situación algo peor, así que creo que lo mejor es que yo me despida ahora muy cordialmente de usted y que cuelgue justo en este preciso momento”. Pip, pip. Pip, pip… Yo creo que si en alguna ocasión dijéramos estas palabras u otras semejantes, podríamos intentar reconducir situaciones que no nos gustan o que no nos resultan agradables, aun sabiendo que el éxito en nuestra ardua y sin duda arriesgada misión no estaría siempre del todo garantizado, pues nadie se da hoy en día fácilmente por vencido. “No es que quiera ser pesado, pero insisto en que…”, es una réplica de contraataque que dirigida hacia nosotros puede acabar derrotándonos casi por completo, tanto, que al final podemos acabar cambiando efectivamente de compañía telefónica o aceptando ese fantástico obsequio, en una nueva constatación de que si en nuestro país hay alguien que efectivamente casi siempre gana, ese es sin duda el “pesado”. En épocas de crisis como la actual, debería de ser al contrario, pues tendríamos que poder vivir con la máxima tranquilidad posible en medio del caos que nos envuelve. Pero no nos dejan. Casi nadie nos deja. Así, no hay día en el que casi todos los medios no nos digan una y otra vez lo mal que está todo, y cómo empeorará, o lo mal presidente que es José Luis Rodríguez Zapatero, y cómo empeorará también, lo cual, intentando ser mínimamente ecuánimes y objetivos, parece en estos momentos casi imposible, de lo rematadamente malo que es ya nuestro querido y pesado presidente ahora. Sinceramente, no hace falta que nos lo repitan en la radio y en la televisión una y otra vez cada día, cada tarde y cada noche. Lo sabemos. De verdad que lo sabemos. Los únicos que para nuestra desgracia y para nuestro absoluto agotamiento psíquico parecen no saber que lo sabemos son los pesados que sin apenas casi descanso -por eso mismo son pesados- nos los dicen, nos lo repiten y nos lo recuerdan en los diferentes medios. ¡Por favor, pesados de nuestro país y de todo el mundo, tengan piedad de nosotros! ¡Por favor, tengan piedad y compasión! Y con esta reiterada petición lo último que yo quisiera es ser también igualmente pesado.

27

05 2010

Los amores posibles

En la mejor literatura y en el mejor cine podemos encontrar casi siempre, sin demasiado esfuerzo, numerosos ejemplos de grandes historias románticas marcadas esencialmente por el hecho de estar llenas de contrariedades o de obstáculos, historias que solemos denominar como de amores imposibles, que a su vez pueden ser subdivididas genéricamente en varios grupos, como los de los amores no correspondidos, o los imposibilitados por las circunstancias, o los prohibidos, o los no nacidos por los propios miedos y temores personales, o incluso los finalmente trágicos. Del mismo modo, podemos encontrar también en la literatura y en el cine ejemplos de historias que en su trasfondo son por completo diferentes a las anteriores, al aparecer en ellas grandes y maravillosas historias de amores posibles. Y como casi todo lo que ocurre en el arte suele ocurrir también casi siempre en la vida, y viceversa, seguramente todos o casi todos hemos vivido en algún momento de nuestras vidas algún amor correspondiente al primer grupo o algún amor correspondiente al segundo, o incluso a ambos en diferentes momentos de nuestro acontecer biográfico y personal. En el caso de haber vivido uno y otro tipo de amor, ¿con cuál nos quedaríamos finalmente?. Yo creo que en la mayor parte de los casos nos inclinaríamos definitivamente y con absoluta convicción por los amores posibles, aunque es cierto que en ellos pueden aparecer también diferentes contrariedades y obstáculos. Desde hace ya algún tiempo, creo que los amores que de verdad valen la pena son aquellos en los que hay reciprocidad, es decir, en los que amamos con la misma intensidad en que somos amados. El amor que de verdad vale la pena es para mí aquel en el que dos personas desean y ofrecen al mismo tiempo afecto, esperanza y ternura, a veces en forma de suaves y dulces caricias, y otras en forma de una carta o un mensaje, o de la calidez de una llamada o de un profundo abrazo. El amor que de verdad vale la pena es aquel en el que esas dos personas se protegen mutuamente y se ayudan, el amor en el que la comprensión, la confianza y el respetuo mutuo están siempre presentes, y en donde por ello mismo no tienen nunca cabida la indiferencia, el menosprecio o la crueldad, sentimientos por lo demás muy habituales en los amores imposibles en su variante específica de los no correspondidos, en donde quienes se sienten amados y al mismo tiempo halagados por el amor que reciben, suelen ser en cambio incapaces de amar o de evitar dañar a la persona que les ama. Por esas y otras muchas razones, los verdaderos y más hermosos amores creo que suelen ser casi siempre los amores cotidianos, los amores sencillos, los amores posibles.

26

05 2010

El eje cívico

En estas hermosas tardes de mayo, me gusta pasear siempre que puedo por el primero de nuestros ejes cívicos, el de Blanquerna. El nombre mismo que utilizamos para definir ahora esta renovada zona de Palma, el de eje cívico, nos remite ya directamente a algo positivo y bueno, al término civismo, que en su segunda acepción en el diccionario de la Real Academia es definido como el “comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública”, comportamiento que como residentes en Palma seguramente esperamos poder encontrar no sólo en el eje de Blanquerna, sino también en cualquier otro punto de nuestra ciudad, sobre todo si tenemos en cuenta que sinónimos de civismo son, entre otros, urbanidad, cortesía o educación. Pero por ahora me temo que ese anhelado comportamiento cívico sigue siendo en no pocos casos, sobre todo por culpa de los ruidos o de la suciedad, ay, sólo un deseo. Volviendo ahora de nuevo a nuestro querido eje, cuando salimos de las Avingudes para entrar en Blanquerna, parece como si de repente, o por arte de magia, entrásemos al mismo tiempo en otra ciudad, en una ciudad en la que uno tiene más ganas de pasear, de reflexionar y de andar, que es lo mejor que nos puede pasar si vivimos en una ciudad, o si simplemente somos turistas o visitantes en ella. En Blanquerna, ahora podemos redescubrir poco a poco o recorrer con calma espacios por los que antes solíamos pasar normalmente sin casi apenas fijarnos, o con algunas prisas, o con una cierta angustia. En estas hermosas tardes de mayo, mientras nos alegra el corazón el canto alegre de los vencejos, una buena opción si disponemos de algo de tiempo libre puede ser la de pasear por esta zona de Palma tranquilamente, junto con otras personas, observando quizás también cómo los escaparates de las tiendas nos invitan a entrar, o fijándonos igualmente en la decoración interior de los cafés y de los restaurantes, que además cuentan ahora ya con pequeñas terrazas en las aceras. En esos momentos, es sin duda también posible que pensemos entonces en que seguramente estaría muy bien poder tomar un café o poder cenar un día allí, sobre todo si alguna buena persona amiga nos invita, mientras vemos cómo va atardeciendo y cómo va llegando la noche, imaginando tal vez que estamos en otra ciudad, aun siendo plenamente conscientes al mismo tiempo de que es nuestra propia ciudad, una ciudad que pese a todo queremos mucho, aunque hasta ahora no se caracterice, precisamente, por ser un ejemplo en el número de ejes o en la difícil práctica del civismo.

25

05 2010

La opción de no salir

En ocasiones, no quedar con los amigos para ir a comer, al cine, a cenar o a tomar algo es sólo una decisión de carácter económico, motivada por la observación detallada, en la pantalla de un cajero automático, de los fondos con que contamos -o con que no contamos- en un momento determinado. En esos momentos críticos solemos actuar como un ministro o una ministra de Economía y Hacienda racional y responsable, reduciendo gastos de forma significativa para intentar disminuir lo más rápidamente posible nuestro propio déficit, sin además perjudicar a nadie, algo de lo que quizás debería de tomar ahora ejemplo nuestro querido presidente, José Luis Rodríguez Zapatero. Pasada ya la situación de crisis y una vez recuperados también económicamente, salir o no con los amigos o con los compañeros del trabajo acaba siendo entonces una opción casi exclusivamente personal, y en esos casos de recuperada bonanza económica a veces nos inclinamos también, pese a todo, por no salir, sobre todo si sabemos con antelación que van a ser reuniones multitudinarias con motivo de las fiestas de Navidad, de un aniversario o de una onomástica, de una futura boda o de un próximo divorcio, de una victoria electoral o de un nuevo pacto de gobierno de todos los que no ganaron, de un ascenso laboral o de la marcha a otra empresa, o por otros diversos y variados motivos. Dos de las grandes libertades que, por fortuna, podemos ir ganando poco a poco con los años son, por una parte, la de conservar las amistades que de verdad queremos conservar, y, por otra, la de no acudir a los actos sociales a los que realmente no queremos acudir, sobre todo cuando intuimos que, de acudir, nuestras sensaciones personales seguramente oscilarían entre un aburrimiento casi extremo y una incomodidad igualmente casi extrema, fruto en algunos casos de nuestra propia timidez y fruto en otros casos de saber que, salvo excepciones, vamos a estar junto a personas que van a beber alcohol casi sin medida, que no nos van a entender y que con algunas de sus burlas o de sus comentarios pueden llegar incluso a conseguir que nos podamos llegar a sentir mal o realmente muy mal. Qué suerte, en cambio, tener una o dos o tres amistades verdaderas, con las que poder quedar y verse con una cierta frecuencia para poder charlar y charlar y charlar, sabiendo además que existen un gran afecto y un gran respeto mutuos, que quizás pueden demostrarse ahora más que nunca, cuando luchamos contra el déficit o la falta de ingresos para intentar superar nuestras propias crisis, que a menudo uno tiene cada vez más la sensación de que ya no son sólo ni principalmente monetarias o económicas.

24

05 2010

Al atardecer

Me gustan las ciudades al atardecer, con esa luz tan peculiar que nos dice que poco a poco se va acabando ya el día. En primavera, esa misma luz es un poco más clara y prolongada que en invierno, de un color purpúreo o violáceo algo distinto, como si nos dijera que, con un poco de fortuna, el día puede continuar un poco más en otro lugar, con otra luz, que podría ser a la luz de la luna, lo que finalmente puede llegar a ocurrir si hemos tenido tal vez la suerte de que alguien nos invite a una fiesta al aire libre, quizás incluso junto al mar, con música en directo, velas o pequeñas lucecitas de colores decorándolo todo y -por supuesto- un muy buen y selecto ambiente, o si hemos quedado con nuestra familia o con nuestras amistades para cenar, para tomar un helado de fresa o para charlar un ratito mientras paseamos un poco por aquí y un poco por allá. La luz del crepúsculo, tanto la primaveral como la de los largos meses del invierno, es igualmente muy hermosa cuando la podemos contemplar en un cuadro, en una fotografía o en el cine. En una de las mejores y más hermosas secuencias de la nueva versión de Sabrina, que dirigió el gran Sydney Pollack, la joven protagonista (Julia Ormond) le escribe una carta a su padre, que vive en Estados Unidos, al atardecer, sentada en una pequeña y coqueta cafetería de París. “En la acera de enfrente alguien toca ‘La vie en rose’. La tocan para los turistas, pero siempre me sorprende que me conmueva. Sólo en París, donde la luz es rosa, puede tener sentido esa canción. La llevaré conmigo cuando vaya a casa. Y de ahora en adelante la llevaré siempre conmigo a donde quiera que vaya”, escribe Sabrina, mientras una luz profundamente melancólica va envolviendo toda la ciudad. El final de la película -un final feliz- se resolverá, como no podía ser de otra forma, también en la ciudad de la luz, al final del día, de otro hermoso y maravilloso día en la ciudad de París. Si por el momento, y por las razones laborales o sentimentales que sea, nosotros no podemos culminar del mismo modo una historia de amor allí, creo que no debemos de preocuparnos ahora tampoco en exceso, pues vivamos en el lugar en que vivamos, todas las horas, y no sólo las del atardecer, como todas las ciudades del mundo, son siempre buenas, si así nos lo proponemos, para poder soñar, para poder amar, para poder vivir.

23

05 2010

La nueva fórmula

Cada cierto tiempo, voy observando con agrado que se va cambiando la fórmula de algunos de los productos que compro con regularidad en el supermercado o en otras tiendas cerca de casa. En unos casos, como por ejemplo en el del pan de molde, se le añaden vitaminas y se consigue además que sea más esponjoso y suave, y que incluso se mantenga fresco durante muchos más días. En otros casos, las mejoras se van produciendo en los productos lácteos o con soja, pues se quitan azúcares, se añaden frutas o se elimina materia grasa. La ausencia absoluta de sal, de colorantes o de conservantes ha pasado a ser también en estos últimos años otra novedad importante en no pocos alimentos. Si paseando tranquilamente pasamos ahora a otra sección del supermercado, la de droguería, los cambios en las fórmulas de los champús, los jabones, los lavavajillas o los detergentes suelen ser, cuando se producen, mucho más radicales, gracias a los trabajos de numerosos expertos y especialistas realizados durante años y años en los mejores laboratorios del mundo, según podemos leer con suma atención en los diferentes envases, aunque al final uno acabe teniendo siempre la impresión de que nuestra piel o nuestra ropa no suelen verse casi nunca excesivamente mejoradas con todos esos cambios. También es cierto que en determinados productos de todas las secciones hay fórmulas que permanecen inalterables, o incluso secretas, como ocurre en el caso de la Coca-Cola, o productos alimenticios en que, no se sabe si por razones económicas o sentimentales, se opta por volver a la fórmula originaria o tradicional, lo que no necesariamente quiere decir que acabe siendo más económica o barata. Fuera ya del supermercado, en nuestra vida cotidiana, nos encontramos cada vez más a menudo con nuevas fórmulas en casi todo, ya sea en los medicamentos que nos venden en las farmacias, en las hortalizas transgénicas que podemos comprar si finalmente nos animamos o incluso en los platos que nos sirven en las pizzerías. Lo único que no parece cambiar nunca son los remedios caseros y las fórmulas de los conjuros amorosos, que durante siglos parecen haber acreditado de forma suficiente o incluso satisfactoria su validez para poder solventar algunos pequeños problemas con poco dinero o para poder ayudar a encontrar al amor de nuestras vidas. Hay también, por último, fórmulas que se vienen buscando igualmente desde hace muchos siglos, como por ejemplo la de cómo llegar a ser rico sin trabajar demasiado o la de cómo poder encontrar la felicidad plena, aunque, seguramente, en ambos casos y en algunos otros semejantes no exista -y lo digo, ay, por experiencia propia- ninguna fórmula definitiva o realmente siempre eficaz.

22

05 2010