Los libros que hay en casa

Durante años, sobre todo entre la adolescencia y mis años de estudiante universitario, compré libros casi semanalmente con una cierta regularidad, así como también revistas de filosofía, de cine o de literatura, que por fortuna se editaban sólo cada mes o cada dos o tres meses, circunstancia esta última que seguramente contribuyó a evitar una más que probable ruina y quiebra económica. En esa época pensaba, quizás ingenuamente, que algún día tendría el tiempo libre necesario y suficiente para poder leer todos los libros y todas las revistas que iba comprando. No obstante, los años iban pasando poco a poco, yo seguía ampliando mi biblioteca con nuevos volúmenes, y me iba dando cuenta de que no conseguía llegar a encontrar nunca ese tiempo libre adicional que consideraba tan necesario para poder disfrutar finalmente de la lectura como yo hubiera querido. Así que año tras año, o podría decir ya que década tras década, ha ido aumentando el número de libros que tenía en casa sin leer, aunque, por fortuna, con el tiempo he ido racionalizando cada vez más mis visitas a las librerías y también mis compras. En estos momentos de mi vida, soy ya por fin plenamente consciente de que salvo que pudiera vivir varias existencias sucesivas y además razonablemente largas, lo cual en estos instantes considero algo improbable o al menos un poco difícil, no podré llegar a leer ya nunca -o no al menos por completo- todos los volúmenes que tengo en casa, ni siquiera de los autores -hombres y mujeres- que más admiro. Quizás por ello, desde hace un cierto tiempo suelo leer más bien fragmentos de aquellos libros que me interesan o me atraen especialmente. A veces se trata de una o de varias poesías, o de un capítulo de una novela, o de un breve ensayo que forma parte de algún volumen de filosofía o de historia. Me gusta saber que los libros están ahí, que puedo leerlos en cualquier momento o prestarlos si alguien me los pide. Sé que algunos escritores suelen ponerse en contacto con bibliotecas públicas o con libreros de lance cuando tienen libros ya casi hasta en la terraza o en las cómodas y armarios de sus habitaciones, situación a la que yo no he llegado aún, al menos por el momento. Por ahora, me gusta seguir pensando que incluso en el peor de los casos, siempre podré seguir leyendo poemas, y capítulos o ensayos, o pequeños, medianos o grandes fragmentos de los libros que hay en casa.

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04 2010

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