La soledad

Yo creo que nos sentimos solos, solos de verdad, cuando no nos sentimos comprendidos, por eso en esas ocasiones concretas solemos preferir, aunque en un primer momento pueda parecer una paradoja, aislarnos de los demás, ya que en determinadas circunstancias nada puede llegar a desgastarnos y cansarnos más psíquicamente que intentar dialogar con personas que sabemos que, por las razones que sean, no van a estar dispuestas a hacer un mínimo esfuerzo para intentar llegar a entendernos o ponerse en nuestro lugar, aunque sólo sea por unos pocos minutos. Por eso, creo que en no pocas ocasiones nos sentimos de verdad mejor cuando nos encontramos literalmente aislados y solos, cuando esa soledad o ese aislamiento son deliberadamente buscados. Si por razones de estudio o de trabajo ello no nos fuera posible, siempre podemos optar por permanecer en silencio o por no decir nada salvo que alguien nos pregunte. Seguramente, todos hemos tenido en alguna ocasión el convencimiento de que hay personas con las que es mejor no hablar, pero no en función de que puedan estar o no de acuerdo con nosotros, o nosotros con ellas, sino porque no nos gusta su forma de ser ni tampoco su modo de argumentar y de defender sus propias ideas y creencias, aunque aparentemente en algunos casos pueda parecer que coinciden con las nuestras. Estoy pensando ahora, por ejemplo, en muchas de las personas -casi siempre las mismas- que participan en la actualidad en las principales tertulias radiofónicas o televisivas. Entre ellas, debo reconocerlo, hay algunas que me provocan, además, unas náuseas realmente muy profundas, como el periodista Eduardo García Serrano. Cada vez resulta más y más difícil encontrar un poquito de sentido común, de moderación o de sincera tolerancia en la mayor parte de tertulias. Desde que empecé mi labor como periodista, hace ahora diez años, me he encontrado a lo largo de todo ese tiempo con compañeros y compañeras de profesión que me agotaban especialmente, que me dejaban prácticamente sin fuerzas ni ánimos por las razones antes citadas. En todas las profesiones, no sólo en el periodismo, suele suceder igual, cuanto peor es una persona, laboral y humanamente, más difícil suele ser poder llegar a entenderse con ella, ni aunque sea mínimamente, y a la inversa. Hay personas afortunadas que a lo largo de su vida llegan a conocer a personas que representan lo mejor de los seres humanos, porque son capaces de hacernos mejores personas y de enriquecernos humanamente, y a la vez de escuchar y de entender y de respetar. Cuando eso no sucede o no es posible, creo que es mucho mejor vivir entonces siempre en soledad.

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04 2010

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  1. carlos #
    1

    Sensacional este artículo pep, gracias por escribir.

  2. Adriana #
    2

    Realmente hermoso y cuanta verdad esconden tus palabras. Hay veces que el dicho “mejor solo que mal acompañado” se aplica a la perfección, Aprovecho a felicitarte tambien por el artículo de los lectores. Genial y ten por seguro que escribes para todos. Aunque generalmente vuelques los sentimientos, lo cual en particular me encanta, eso no solo lo percibimos o disfrutamos las mujeres.Los hombres se hacen los fuertes y no quieren decirlo, pero seguro que a ellos les llegas. Al fin y al cabo, no dejamos todos, sea el sexo que sea, de ser seres humanos en general. Felicitaciones y sigue asi.

  3. postulante a hada #
    3

    A mis soledades voy, de mis soledades vengo…
    Todo el mundo sabe que se alivian los males sufriéndolos en común; entre esos males los hombres parecen enumerar el tedio, y por eso se agrupan a fin de aburrirse en común. Así como el amor a la vida no es en el fondo más que miedo a la muerte, así también el instinto social de los hombres no es un sentimiento directo, es decir, no se funda en el amor de la sociedad, sino en el temor de la soledad, porque no es precisamente la afortunada presencia de los demás lo que se busca; se huye más bien de la aridez y la desolación del aislamiento, así como de la monotonía de la propia conciencia; para evitar la soledad, toda compañía es buena, hasta la mala, y se somete uno de buen grado a la fatiga y a la violencia que toda sociedad trae necesariamente consigo. Pero cuando el disgusto de todo eso ha tomado predominio, cuando, como consecuencia, se ha acomodado uno a la soledad y se ha endurecido contra la impresión primera que produce, de manera que no siente esos efectos que dije antes, entonces se puede tranquilamente estar siempre solo; no se suspirará más por el mundo, precisamente porque no es una necesidad directa y porque se ha acostumbrado uno en lo sucesivo a las propiedades bienhechoras de la soledad.
    Vamos, Unamuno lo llamaba algo así como “el natural rebañego”