La empatía

En la última edición del Diccionario de la Real Academia Española se define la empatía como la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”, definición que en cierto modo complementa y completa otra anterior que decía que la empatía era la “participación afectiva, y por lo general emotiva, de un sujeto en una realidad ajena”. Siempre me ha parecido que cuentan con unas cualidades especiales las personas que tienen la capacidad de poder ponerse en el lugar del otro, para entender desde dónde está argumentando y por qué, o para ver que puede estar sufriendo o pasándolo mal y que, por tanto, necesita ayuda. En el ámbito de la política o del columnismo periodístico, cuando alguien expone una opinión y deja de forma implícita la puerta abierta a una posible matización o incluso rectificación posterior, sabemos que es una persona que tiene ya la capacidad de poder ponerse efectivamente en el lugar del otro. Personas así son las que amplían nuestro horizonte vital, las que nos hacen crecer como personas, las que nos enseñan en el sentido más noble y humanista del término -como hacían nuestros viejos maestros y maestras-, y podemos encontrarlas, además, en cualquier ámbito de nuestra vida, pues esa capacidad de poder empatizar con los demás no tiene ninguna relación directa con una determinada posición social o con un determinado nivel de estudios, sino sólo con nuestra más profunda manera de ser y de sentir. Desde siempre, en el periodismo y en la literatura me han gustado las personas que expresan sólo una opinión, siempre con el máximo respeto, que nunca la imponen, que intentan sólo compartirla si ello fuera posible, y que defienden al mismo tiempo, y con la misma convicción, a quienes piensan de un modo diferente. En los días posteriores a los terribles y brutales atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, cuando algunas personas llamaban “asesinos” y “fascistas” casi diariamente a determinados dirigentes del PP o incluso a sus militantes y votantes, Antonio Muñoz Molina escribió en El País un artículo para mí precioso y extraordinario, y en aquellos momentos además también muy valiente, en el que decía que él nunca consentiría, en su presencia, que nadie insultase, o menospreciase, o amenazase, a ninguna persona que no pensase como él, nunca, en ningún sentido. Para Muñoz Molina, persona de reconocida trayectoria progresista, el origen del fascismo se encontraría, precisamente, en quienes a través del insulto, primero, y del menosprecio, después, intentar negar a quienes no piensan como ellos. El excelente escritor jienense dio entonces, una vez más, una muestra de su independencia de criterio, de su gran calidad humana y de que efectivamente es un referente cívico para todas las personas de este país, a menudo tan poco dado, ay, a esa preciosa y necesaria capacidad llamada empatía.

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02

04 2010

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