Domingo de Resurrección

Uno de los libros que más me ha marcado de los que he leído a lo largo de mi vida ha sido, sin duda, Del sentimiento trágico de la vida, de Miguel de Unamuno, un filósofo por el que siempre he sentido una gran admiración. En ese gran libro, Unamuno nos recuerda cómo han tratado el misterio de la vida y de la muerte los más grandes autores y las más importantes religiones, y al mismo tiempo expresa su propio deseo de no llegar a morir nunca, de continuar siendo incluso más allá de su propia muerte física, deseo que considera que sería común a la práctica totalidad de seres humanos. Otro filósofo por el que siento también una gran admiración, Baruch Spinoza, decía en su Ética que una persona libre “en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida”. En ese mismo libro, este pensador de origen sefardí nos dice que todo lo que es, en cuanto que es, tiende a perseverar en su ser o a preservar su ser, pensamiento este último que ha sido siempre un gran consuelo personal desde la primera vez que lo leí, porque abre la esperanza a una posible vida futura, una vida en la que quizás no seremos en el mismo sentido en que somos ahora, pero seremos, una vida en la que, además, se demostraría que el amor, cuando es verdadero, realmente no acaba nunca. En este sentido, nunca he visto a Unamuno y a Spinoza como dos filósofos opuestos, sino más bien complementarios, pues, cada uno a su modo, defienden ambos el valor de la vida, el mayor don que existe y que puede ser dado, sin ocultar su horizonte de finitud, al menos en esta tierra. Los días de Semana Santa suelen ser siempre especialmente oportunos para reflexionar sobre todo ello, sobre el misterio de la vida y de la muerte, y de forma especial sobre cómo Jesús dio la vida por todos nosotros, y también sobre las dudas y el miedo que tuvo antes de morir -lo que aún lo hace más próximo a nosotros-, además de recordar sus enseñanzas y su ejemplo, absolutamente admirables en todos los sentidos y plenamente vigentes hoy en día. Siendo todos estos días igualmente significativos e importantes, quizás el más hermoso y decisivo sea el Domingo de Resurrección, porque en él se unifican y cobran más fuerza todas nuestras esperanzas, a veces algo dispersas, porque en días como hoy hay momentos en que desde lo más profundo de nuestro corazón creemos o podemos llegar a creer que también nosotros podremos llegar a sentir y a conocer algún día lo que siempre soñamos en nuestros mejores sueños, que existen otra posible vida futura y también -y sobre todo- el amor eterno.

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04

04 2010

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