Rosa Bueno

Hay personas que cuando nos premian con su amistad nos hacen de algún modo mejores de lo que sabemos que somos en realidad, porque se trata de personas que admiramos muy profundamente por los valores que representan y que defienden, y porque sabemos que además suelen ser muy exigentes -muchas veces sobre todo consigo mismas- en todos los ámbitos de su vida, empezando por el de la amistad. Por eso, que Rosa Bueno me considerase como amigo suyo fue uno de los mejores regalos que recibí o recibiré nunca en el desempeño de esta profesión. Nunca se enfadó conmigo, aunque creo de verdad que más de una vez -y más de dos y de tres- tuvo razones muy justificadas para poder haberlo hecho. Tan sólo me riñó cariñosamente en alguna ocasión, por otra parte siempre con motivo, por la perspectiva que yo había adoptado en algún reportaje o en alguna noticia concreta, perspectiva que no era tan ecuánime y rigurosa como debería de haber sido, porque quizás estaba demasiado escorada hacia el centro. Siempre que la llamé para conocer su opinión sobre algún asunto o sobre alguna polémica en su condición de presidenta de la Federació d’Associacions de Veïns de Palma me respondió, lo cual le agradecí siempre muy especialmente. Durante mis años de redactor de política municipal, escuché a Rosa Bueno intervenir en numerosas ocasiones en los plenos de Cort. Recuerdo que en ocasiones fue muy, muy dura en sus críticas, sobre todo hacia el Partido Popular, por determinadas iniciativas o actuaciones, pero no recuerdo que faltase nunca el respeto a nadie. Ella sabía de mi gran admiración hacia Catalina Cirer, que era evidente que no compartía, pero que también respetaba muy profundamente. De hecho, a veces, hablando los dos de política, yo notaba que Rosa utilizaba entonces un tono más conciliador al hablar de la gestión de Catalina Cirer, siempre pensé que en gran medida como una muestra más de su cariño y su afecto hacia mí, sentimientos que eran recíprocos. Rosa había depositado grandes esperanzas en Aina Calvo, esperanzas que siempre mantuvo intactas, a pesar de algunas puntuales críticas concretas. La última vez que quedamos para charlar fue una mañana en Can Joan de s’Aigo, hace ya varios meses. Fue un encuentro muy agradable, y Rosa me contó, por vez primera desde que nos conocíamos, recuerdos muy personales de juventud, que rememoró con nostalgia y con ternura. Fueron unas confidencias que agradecí muy especialmente, porque eran una nueva demostración de su confianza hacia mí. Luego estuvimos paseando durante un rato por las calles de nuestra ciudad. Y quedamos en que a partir de entonces nos veríamos con mayor frecuencia, a pesar de su enfermedad. Aún coincidiríamos más adelante en algún pleno, pero ya nunca más volvimos a quedar. En septiembre pasado me llamó por teléfono en varias ocasiones, para volver a vernos en esos días, pero finalmente no llegamos a hacerlo, algo que ahora me entristece y me duele muy profundamente. Nunca deberíamos de aplazar o de postergar los encuentros con las personas que queremos o que admiramos, nunca deberíamos de hacerlo. Rosa fallecería tres meses después, el pasado 21 de diciembre. El pasado lunes, 1 de marzo, le fue concedida a título póstumo la medalla de oro de la Comunidad. Y de nuevo volví a pensar una vez más en Rosa, en la suerte que tuve como persona por haberla conocido y por haber podido ser amigos, y en la suerte que tuve como ciudadano por todos los años que ella dedicó a intentar hacer mejores nuestras vidas haciendo también mejores todas las cosas de nuestra ciudad.

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03

03 2010

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