En una sala de fiestas en 1965

Es una fría noche de marzo de 1965. Está lloviendo suavemente en el exterior, según observa un chico tímido que está sentado junto a uno de los ventanales de la sala de fiestas que, este año, está más de moda entre la gente joven de la ciudad. Seguramente nadie tiene esa noche más de veinticinco años, excepto tal vez el dueño del local. Todos los chicos y chicas van muy elegantes, ellos con traje y corbata, ellas con vestidos especiales para la ocasión, y casi todos fuman, incluso los que no suelen fumar nunca. En el interior de la sala de fiestas se ha creado ya esa atmósfera inconfundible que provoca siempre el humo de los cigarrillos en los espacios cerrados. Se van sucediendo las canciones. Ojalá la música siempre fuera así, siempre, con la magia del sonido de las guitarras eléctricas y con temas de The Beatles, Los Shakers, The Beach Boys, Los Brincos, The Byrds, Gerry and The Pacemakers, Los Pekenikes y muchos otros grandes grupos. Nada hay mejor que el pop. Nada hay mejor que el pop para hablar del amor, ya sea con canciones alegres y llenas de  ritmo o con baladas que llegan directas al corazón. En la pista, varios jóvenes están bailando, con el estilo desenfadado con el que se baila siempre la música pop. Los más tímidos suelen preferir, en cambio, hablar tranquilamente, o mirar, como hacen hoy, la lluvia que suavemente está cayendo en el exterior. Un chico y una chica que aún no se han decidido a declararse, pese a que están enamorados desde hace ya muchos meses, hablan de que pronto se podrá ir ya a la Luna y quién sabe si también a otros planetas, como por ejemplo a Marte. Además, comentan que hay países en donde la televisión es ya en color y también que en América incluso pueden verse muchos canales. Ese chico y esa chica coinciden, además, en que nada hay mejor que el pop para hablar del amor, nada hay mejor, si se exceptúan tres o cuatro películas que a ambos les gustan mucho. Los dos están algo serios, pero a su alrededor se escuchan muchas risas, que uno nunca puede llegar a saber del todo si son provocadas sólo por el ingenio o los comentarios ocurrentes de alguien que está hablando en ese instante o tal vez únicamente -o al menos parcialmente- por los efectos del alcohol. Afuera sigue lloviendo suavemente. Es una noche fría de marzo de 1965. Muy poco tiempo después, el mundo que conocen estos jóvenes empezará a cambiar, y nunca más volverá a ser ya el mismo. Pero ellos aún no lo saben, como no saben tampoco que esa misma sala de fiestas, la que este año está más de moda en la ciudad, llegará un día en que también, como casi todo lo que ahora forma parte de su mundo, igualmente desaparecerá.

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08

03 2010

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