El amor según el maestro Nicholas Ray

“Nací cuando ella me besó. Morí, cuando me abandonó. Viví unas semanas mientras me amó”. Humphrey Bogart y Gloria Grahame pronuncian estas frases o una parte de ellas en dos momentos decisivos y distintos de En un lugar solitario, una de las películas más desesperadamente románticas, tristes y turbadoras de la historia del cine, obra del maestro Nicholas Ray, desesperadamente romántico también él mismo, y autor de películas igualmente extraordinarias e imperecederas como Los amantes de la noche, Llamad a cualquier puerta, Johnny Guitar, Rebelde sin causa o Chicago, años 30. En todas estas grandes películas y en la práctica totalidad de las que rodó, el amor sería casi siempre el eje esencial y central de las mismas, un amor a menudo dificultado u obstaculizado, en ocasiones hasta casi el límite, por las circunstancias adversas que solían envolver a las parejas protagonistas de cada una de esas historias. En algunos casos, el amor representaba un breve y precioso remanso de paz en unas vidas marcadas por un destino trágico y, por tanto, imposibilitadas para llegar a conseguir algún día un futuro de felicidad, mientras que en otros casos el amor era la única posibilidad de redención y de salvación para quienes, sin poder evitarlo, vivían enfrentados a la sociedad de la cual formaban parte, que a su vez les rechazaba o les pretendía marginar o incluso dañar. ¿Cuál era ese lugar solitario al que hacía referencia el título de la película protagonizada por Bogart y por Grahame? Un gran admirador de Nicholas Ray, el también director Curtis Hanson, decía que podría ser el lugar solitario de cualquier ser humano que luche contra sus propios demonios, o el lugar solitario de un artista, o -sobre todo- el lugar solitario de un mundo sin amor. Porque, si somos absolutamente sinceros, creo que la mayor parte de nosotros consideraría que sin amor el mundo es siempre un lugar solitario, terriblemente frío y solitario, con independencia del número de personas que en determinados momentos puedan estar a nuestro lado. Pero hay que ser muy valientes para poder reconocer eso o para reconocer que nuestras vidas están esencialmente vacías cuando no hay amor en ellas, aunque intentemos disimular con elegancia nuestro posible gran vacío interior diciendo que nuestro trabajo, o nuestras amistades, o nuestras aficiones nos llenan ya en gran medida. Quizás por ello, muchas vidas -incluidas tal vez las nuestras- se podrían resumir con las mismas frases con que resumían sus propias vidas Humphrey Bogart y Gloria Grahame en En un lugar solitario, sin añadir quizás ya nada más. Nací cuando me besó. Morí, cuando me abandonó. Viví unas semanas mientras me amó.

Acerca del autor

admin

Otras entradas por

Sitio web del autor

20

03 2010

2 Agregá los tuyos ↓

El comentario superior es el más reciente

  1. Tu Admiradora #
    1

    Una vez mas estoy de acuerdo contigo por que pienso que nuestras vidas sin amor no tienen sentido, y también en que hay que ser valientes para reconocerlo. Necesitamos sentir amor de todos los tipos, pero sobre todo necesitamos ese amor que nos haga sentir temblar lo más profundo de nuestro ser, y que nos de la fuerza necesaria para luchar contra cualquier impedimento.Necesitamos saber que alguien piensa en nosotros como algo más que un amigo, compañero, hijo, padre o madre. Necesitamos saber que alguien piensa en nosotros como ese ser único y maravilloso que colmará su vida, llenándola de dicha y felicidad y que podrá contar con nosotros en los momentos de desdicha e infelicidad. Deseamos amar, compartir, sonreir y llorar, ser los heróes de nuestra propia película. Nacer cada día al mirar a esa persona y no morir jamás.

  2. postulante a hada #
    2

    En el cine, como en la literatura los amantes son castigados con la muerte, puesto que Eros y Tanathos, eso es , amor y muerte, andan siempre juntas. En éstos amores, es el obstáculo, lo que incita la líbido d los amantes y les hace desear lo imposible: fundirse, ser uno, como lo fueron alguna vez. O almenos así lo cuenta Aristófanes en el banquete platónico, su famoso mito: antes de que los dioses nos castigaran partiéndonos por la mitad, éramos seres dotados d una doble naturaleza. La nostalgia de lo que fuimos nos impulsa a buscar nuestra mitad perdida, nuestra media naranja. Lo hermoso es que aún hoy todavía sigamos emocionándonos con madame Renal, en “Rojo y Negro”, que al sentir el roce de los dedos de Julián Sorel, comprende que existe en la vida algo a la vez tan simple y sublime como la pasión a amorosa, esa misma pasión que, fuera ya de los libros o películas, reconocemos en los amantes anónimos de cualquier rincón del planeta y que nos indica que aún hay esperanza, que no todo está perdido.