Pequeñas rarezas infantiles

Tendría yo cuatro o cinco años cuando, no sé muy bien por qué, en la cama empecé a cubrirme cada noche, durante un ratito, sólo con la almohada en lugar de hacerlo con las sábanas y las mantas, intentando dormir, además, en posición paralela a la pared en donde se apoyaba la cabecera de la cama. Por fortuna, esa situación no solía durar más allá de unos pocos minutos, hasta que empezaba a sentir un poco de frío y me cubría ya de forma correcta. Esa es la primera rareza personal infantil de la que tengo recuerdo, rareza a la que, con el tiempo, seguirían otras varias rarezas más. Así, cuando jugaba sin mis hermanos, me imaginaba a veces que estaba realizando una retransmisión deportiva a través de un canal de televisión, por lo que hablaba solo y en voz alta, narrando lo que estaba ocurriendo en ese momento a unos espectadores que, en principio, creo que nunca llegué a tener. Fue en esa misma época cuando durante un tiempo tuve frecuentes dolores de cabeza y también migrañas casi cada día, y como en aquel tiempo el cajón superior de la cómoda del comedor de mi casa era como una pequeña farmacia, de esas que están abiertas las 24 horas del día los 365 días del año, yo mismo me tomaba cada noche un Fiorinal o un Nolotil, pero un Nolotil de la fórmula antigua, que era sin duda mucho más potente que la actual, porque no sólo me quitaba el dolor de cabeza de una forma casi inmediata, sino que también hacía que me sintiese como si mi cabeza y mi mente fueran capaces de poder flotar o incluso casi de levitar por la habitación mientras aún duraban los efectos del medicamento, así que no me sorprendió que, unos pocos años más tarde, decidieran cambiar la fórmula y hacerla un poquito más suave, como por razones en cierto modo semejantes creo que ocurrió también con el Pegamento Imedio. Otras rarezas infantiles personales eran que reservaba la mitad exacta de la superficie total de mi cama para mi osito de peluche y la otra mitad para mí, imaginando que en realidad era una nave espacial en la que viajábamos ambos, o que muchas noches estudiaba dentro de mi cama, a veces con la luz de una pila y otras con la luz del pequeño globo terráqueo que regalaron a mi hermano Joan por su Primera Comunión. Recuerdo también que durante unos años dormí siempre con una bolsa llena de chucherías a mi lado, con Palotes, cacahuetes y galletas, entre otros productos, para estar totalmente prevenido y preparado por si, de forma inesperada, llegase el fin del mundo, que al final parece ser que no llegó, a pesar de todos mis miedos y temores, que acaso estuvieron siempre detrás de la mayor parte de todas mis pequeñas rarezas infantiles.

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02 2010

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  1. Marian #
    1

    Son fantásticas estas rarezas. Recuerdo las mías, que eran de lo más variado, pero además ahora veo las de mis hijos y me parecen encantadoras sus pequeñas manías, que sin embargo son tan importantes para ellos.

  2. Toni #
    2

    Sin duda, el mundo no volvió a ser el mismo desde que rebajaron la fórmula del pegamento Imedio. Ahí se echó a perder el punto de encuentro entre la infancia, las manualidades y las ensoñaciones oníricas. Con la atenuación de la fórmula del Nolotil suscribimos, de algun modo, un pacto más sincero con ese dolor que siempre nos acompañará a lo largo de nuestras vidas. El fin de los tiempos no llegó (por ahora), pero seguro que en caso de presentarse sería mucho más llevadero con un buen Nolotil de los antiguos, un tubo de pegamento Imedio y una bolsa repleta de chuches.