Los barojianos

Hay amores que uno diría que de verdad pueden durar -y duran- toda una vida, tanto aquellos que son reales como aquellos otros que solemos denominar como amores literarios, musicales o cinematográficos. Y así como en el primer caso casi todos soñamos, seguramente, con poder vivir y poder mantener a lo largo del tiempo, e incluso más allá de él, un único y perdurable gran amor, en el caso del arte nuestros afectos suelen encontrarse casi siempre algo más divididos o dispersos, aunque todos tengamos, sin duda, nuestras propias preferencias personales. En mi caso, mi gran amor literario y artístico desde hace ya muchos años no es una persona sola, sino casi una familia entera, la familia Baroja, y de forma especial Pío Baroja y su sobrino Julio Caro Baroja. No sé si en la actualidad aún se debe de leer al maestro Baroja en los institutos, como se hacía en mis ya lejanísimos tiempos de estudiante, en especial con dos de sus mejores novelas, El árbol de la ciencia y Las inquietudes de Shanti Andía, pero me gustaría que así fuera, porque empezar a leer a Baroja cuando somos aún adolescentes es una de las cosas mejores que, en mi opinión, nos pueden suceder en esa época de nuestras vidas, no sólo porque es una verdadera delicia leer sus obras, sino también porque la mayor parte de los personajes protagonistas de las novelas de Baroja son rebeldes, románticos, aventureros, filósofos a tiempo parcial y soñadores a tiempo completo, personajes todos ellos que, en cierta forma, contrastaban con el carácter del propio Baroja, esencialmente tímido, melancólico y solitario. Quizás por ello a veces nos lo imaginamos paseando con frecuencia entre las brumas y las nieblas de la casa familiar de Itzea, o en otoño o bajo la nieve por El Retiro madrileño, cuando el reuma, las autoridades competentes o el buen tiempo así lo permitían. Y nos imaginamos también a la mayor parte de integrantes de su familia haciendo tertulias en una mesa camilla, al caer la tarde, con un pequeño brasero, o junto a una chimenea. Alguien escribió, refiriéndose a Baroja, que con él habían empezado a salir en las novelas españolas, por vez primera como protagonistas, las personas más olvidadas, las personas más humildes, que en su caso eran tratadas siempre con gran compasión, ternura y respeto. Ser barojiano es por ello también, en cierto modo, una manera de entender y de valorar la vida, de intentar comprender sin juzgar y de no dejarse llevar nunca por apasionamientos excesivos, mientras charlamos quizás junto al fuego, soñando con grandes aventuras y con grandes amores, o cuando salimos a pasear tranquilamente por las calles de nuestra ciudad, siempre que el reuma, las autoridades competentes o el buen tiempo así lo permiten.

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02 2010

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