La nieve silenciosa

Cuando empezó a nevar ayer por la tarde en Palma, yo estaba en casa, y me hizo tanta ilusión poder ver la nieve, que durante un rato dejé todo lo que estaba haciendo, y me puse a mirar, como cuando era un niño, por la ventana. Había ya anochecido, y la luz de las farolas iba iluminando los copos que, a veces poco a poco y otras veces con algo más de ímpetu, iban cayendo sobre la acera, el asfalto y los coches. En esos momentos, pude ver a varios vecinos de las fincas próximas que, al igual que yo mismo, estaban contemplando con sorpresa y a la vez con gran ilusión la nevada. No sé qué deben de sentir las personas que viven en zonas en donde los inviernos son extremadamente duros y en donde nieva con una cierta frecuencia cuando ven imágenes como las que veíamos nosotros ayer, aunque supongo que a algunas de esas personas les gustará, pese a todo, poder verlas año tras año, mientras que a otras, en cambio, es posible que dichas imágenes no les impresionen ya especialmente. Aun así, cuando pensamos en los distintos fenómenos meteorológicos que existen, desde la lluvia hasta el viento o la niebla, desde la brisa o las tormentas hasta los rayos del sol, yo creo que la nieve sería, seguramente, el que contaría con más partidarios, y no sólo entre los duendes y las hadas o los seres más nostálgicos y melancólicos. Yo creo que la nieve, cuando nos gusta, nos gusta por muchas razones, porque es silenciosa, y porque tiene también algo de misterio, y porque es blanca, y porque nos recuerda a la vez el paso de las estaciones y del tiempo. La nieve nos gusta porque nos suele recordar la Navidad, una Navidad blanca que quizás nunca vivimos y que tal vez sólo conocimos a través de nuestro belén o del cine y la televisión. Nos gusta la nieve porque sabemos que gusta igualmente a los niños y las niñas, porque nos gustaba también a nosotros cuando éramos unos chiquillos. Nos gusta la nieve porque mientras la vemos caer, a veces nos sentimos casi igual como si en ese preciso instante estuviéramos escuchando una hermosa melodía romántica en un piano, en un “chelo” o en un violín, pensando quizás en nuestras propias vidas, y en las cosas que pasan y en las que quedan, y en las cosas que tienen un principio y en las que tienen también un fin.

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02 2010

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  1. Toni #
    1

    A veces podemos sentir que las cosas buenas de la vida se desvanecen con la misma rapidez que un copo de nieve en la palma de nuestra mano. Por suerte, estas pequeñas píldoras de felicidad y melancolía que son tus artículos nos recuerdan que el mundo está lleno de pequeños detalles que merece la pena vivir con intensidad. Gracias Josep Maria.

  2. loli #
    2

    Hace ya varios años que compro última hora por leer tus articulos,esa sensibilidad que demuestras en todo lo que escribes me ha cautivado,a veces el contemplar una nevada como la de hoy basta para hacednos soñar y ser felices,el contemplar una estampa de un paisaje nevado es un regalo para nuestros ojos,en mi caso espero poder seguir disfrutando de estas vistas mucho tiempo pues tengo una enfermedad en los ojos que quizás un dia me impida ver,pero mientras tanto quiero seguir disfrutando de tus escritos al igual que ese paisaje que hoy tan bonito tenemos,gracias por hacer mis ratos solitarios más agradables.