La hora del recreo

Hacía tiempo que no salía a pasear un poco por la ciudad a media mañana, y ayer, aprovechando que tenía que hacer varias cosas en el centro -mi familia dice que hasta cuando paseo soy centrista-, lo hice, con la gran suerte de que pasé al lado de una escuela justo a la hora del recreo matinal, por lo que pude oír ese bullicio inconfundible que, por muchos años que pasen, nunca parece cambiar con el tiempo. Desde hace ya varios años, las leyes educativas van sucediéndose unas a otras casi sin descanso en nuestro país, mientras se modifican también los planes de estudio, en un mundo en el que todo parece cambiar con gran celeridad y en el que, seguramente, los pequeños de hoy en día manejan el ordenador o la play con mucha mayor destreza y habilidad, y mucho mejor, de lo que lo llegaré a hacer yo nunca. Pero, por fortuna, la hora del recreo sigue siendo igual que siempre, es decir, la hora del recreo. La mayor parte de niños y niñas juegan, y corren, y gritan, sobre todo gritan y corren, en ocasiones sólo por correr, de aquí para allá, sin un por qué ni tampoco un destino fijo o concreto, mientras unos pocos se quedan charlando en un pequeño corro o se sientan, solitarios, en un rincón, como si, de alguna manera, pudiera vislumbrarse ya, a modo de preludio o de avance, cómo pueden llegar a ser también sus respectivos caracteres al llegar a la edad adulta. En la hora del recreo, hay también siempre un profesor o una profesora vigilando para que nadie se haga daño, e intentando evitar al mismo tiempo que haya peleas. Y se juega a fútbol o al baloncesto, y se discute sobre si hubo fuera de juego o si fue penalti, o si fueron pasos o si el tiro era de dos o de tres puntos. En la infancia, suele ser tanta nuestra energía, que a veces parece que sólo tenemos ganas de correr y de saltar, incluso cuando vamos con nuestros padres, o sobre todo quizás porque vamos con ellos, porque con los abuelos, en cambio, siempre solemos comportarnos extremadamente bien. En mis años de infancia, reconozco que yo no tuve nunca mucha energía, así que en la hora del recreo yo era de los niños que, o bien se quedaban solitarios, pensativos y melancólicos en un rincón, o bien, cuando jugaban a fútbol, lo hacían en la posición más descansada y mejor para la merienda que uno podía tener, si contaba con una buena defensa y con un buen llonguet de sobrasada, claro, que era la posición de portero.

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02 2010

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  1. Daniella #
    1

    La energía se adquiere con esfuerzo, el misterio de los niños solitarios deja de serlo cuando lo que realmente les pasa es que están tristes o son asociales. Desde ahí se pueden cambiar muchas cosas.

  2. postulante a hada #
    2

    Bendita hora del recreo!. Cuando era mas pequeña aún, quería ser ajusticiadora, y defendía a las niñas de los niños, a los niños apocados de los espabilados, a las niñas feas de las repipis, a los niños de los profes excesivamente puntillosos…Eso sí, todo eso calzando mis rojas botas de agua. Ahora carezco de botas rojas y debo aprender a defenderme de mí misma.
    El recreo, redime toda una vida.

  3. Alicia Jane #
    3

    Cuando era muy pequeña, me gustaba correr por correr y odiaba el pilla pilla cuando yo no era quien la llevaba; con mis tres inseparables amigas, las cuales, siempre estaban ai, aunque apenas me percatara de ello y los mejores juegos, los que me inventaba.
    ya algo más mayor, en otro colegio y habiendo dejado atrás, lo que nunca busqué en realidad, me situé entre las rezagadas del grupo, en un discreto segundo..(o tercer plano) divagando, y aún aveces, soñando, con cierta resignación, como aguardando lo que no tardaria en venir.