Enrique Urquijo

Era una mañana de septiembre, tendría yo tres o cuatro años, y estaba en clase, en una guardería que había cerca de la Plaça Josep Maria Quadrado. Aquella mañana me castigaron de cara a la pared y me obligaron a ponerme mi sillita del pupitre encima de la cabeza, creo que por haber roto sin querer la punta de mi lápiz para dibujar, y mientras la maestra me reñía y mis compañeros se reían o se metían conmigo, supe ya que no encajaba en este mundo y que, seguramente, no encajaría ya nunca en él, del mismo modo que también pensé entonces que quizás era mejor no decírselo a nadie, porque pensaba que, muy posiblemente, nadie me entendería tampoco ya nunca. Entonces aún no sabía que había otros niños y otras niñas que también se sentían así, en las guarderías de mi ciudad y también de otras ciudades de mi país y del resto del mundo, así que, de algún modo, todos nosotros conformábamos, sin saberlo, una especie de hermandad secreta, integrada por todos los niños y niñas perdidos, desubicados, solitarios y melancólicos del mundo. Uno de esos niños era, no tengo ninguna duda de ello, Enrique Urquijo, que fue el alma de Los Secretos durante casi dos décadas y a quien descubrí cuando yo tenía apenas 17 años, la primera vez que escuché su para mí genial canción Déjame. Y en ese momento supe que ya nunca más volvería a sentirme solo en el mundo, pasase lo que pasase a partir de entonces en mi vida, porque un integrante de esa todavía hoy nunca reconocida hermandad secreta, Enrique Urquijo, daría a conocer, a través de sus hermosísimas canciones, todos sus sentimientos de amor y de desamor, de esperanza y de soledad, que en cierto modo eran también los nuestros y que nosotros no sabíamos muy bien cómo expresar. Algo igual o muy parecido a ese descubrimiento de que ya no estamos solos debe de ser también, seguramente, el amor. Los años irían sucediéndose y Los Secretos -o Enrique Urquijo y Los Problemas- fueron publicando sucesivos discos con canciones inolvidables como Sobre un vidrio mojado, Otra tarde, Hoy no, No me imagino, Buena chica, Cambio de planes -lloré la primera vez que la escuché-, Volver a ser un niño, Y no amanece, Colgado, Pero a tu lado, Tu tristeza, Aunque tú no lo sepas y tantas otras, incluida la última que grabó Enrique, Hoy la vi, preciosa, como todas las suyas. Recuerdo que compraba cada nuevo disco de Los Secretos enseguida que sabía que había salido y lo recomendaba además siempre a todo el mundo. Y cuando alguien me decía “a mí también me encanta Enrique Urquijo”, sentía cómo se me ensanchaba el corazón, y pensaba “he aquí a un integrante de nuestra misma hermandad”. Vi actuar a Los Secretos todavía con Enrique en dos ocasiones, en Calvià y en Son Sardina. En esa segunda ocasión, en el mes de septiembre de 1988, recuerdo que había estado lloviendo durante todo el día en Palma, y que por ello se daba casi por seguro que finalmente no actuarían. Sin embargo, cuando dejó de llover, pasadas las tres de la madrugada, decidieron hacer el concierto por todas las personas, muy pocas la verdad, que habíamos estado esperando durante varias horas en la plaza de Son Sardina, soñando con poder ver a Los Secretos actuar en directo. Recuerdo que poco antes de iniciarse el concierto, Enrique salió a comprobar el estado de todo el equipo de música, y sonrió a las personas que estábamos allí con esa sonrisa tan característica suya, hecha de timidez, dulzura, desvalimiento y una extrema bondad. Era una sonrisa que te invitaba a querer protegerle siempre y que te movía también siempre a querer darle un abrazo lleno de ternura y de afecto con el mismo fin protector. Persona de una extrema sensibilidad y marcada por fuertes depresiones, Enrique fallecería el 17 de noviembre de 1999. Sólo tenía 39 años. Un año después, su hermano Àlvaro decidió que Los Secretos continuasen existiendo como grupo, como el mejor modo de recordar y de no olvidar nunca a Enrique, y, por fortuna, así ha sido hasta hoy. Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que aquella lejana mañana de septiembre de mi infancia yo no andaba del todo equivocado, pues realmente nunca llegué a encajar ni creo que encajaré ya tampoco nunca en este mundo, pero gracias a Enrique Urquijo y a otros integrantes -anónimos o públicos- de aquella solidaria y hermosa hermandad secreta, ya nunca más me he vuelto a sentir solo en este mundo, por muy solo que en ocasiones haya estado o tal vez haya creído estar.

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02 2010

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