El gran teatro del mundo

En alguna ocasión creo que he comentado ya que el gran filósofo Julián Marías solía repetir, con elegante y muy sutil humor, que en realidad sería incorrecto decir “yo nací el…”, ya que, como recordaba este brillante pensador, nosotros no nacemos, nos nacen. Y una vez que hemos venido ya al mundo, casi desde el primer momento de nuestra existencia parecemos predestinados a desempeñar uno de los dos grandes papeles que suelen estar reservados para todos los seres humanos a lo largo de su vida, el de protagonista o el de espectador, aunque haya protagonistas que pueden ser también a veces espectadores, y viceversa. Si nos imaginamos el mundo como un enorme y maravilloso teatro, el gran teatro del mundo, en donde se representan drama y comedia, tragedia y vodevil, hay que reconocer que ser espectador suele ser, normalmente, un poco más tranquilo que estar sobre el escenario, excepto si uno ha acudido a ver una obra de, por ejemplo, La Fura dels Baus. Pero aun así, la mayor parte de los focos no suelen estar dirigidos hacia los espectadores, sino hacia los protagonistas de la obra que se está representando en esos momentos, una obra que nunca tiene fin, en la que los actores y las actrices van cambiando, y en la que también lo van haciendo las personas que hay en el patio de butacas. Si uno ha optado finalmente por el papel de espectador, puede intentar mirar entonces la vida con una cierta distancia, para intentar no sufrir, porque creo que casi todos podríamos estar de acuerdo en que algunas de las cosas más hermosas y valiosas de la vida, como la propia consciencia de uno mismo o los sentimientos, aunque puedan hacernos de verdad felices, en ocasiones también nos pueden hacer sufrir. Pese a ese papel de aparente pasividad, el espectador de la vida suele ser siempre alguien dispuesto a aprender en cada representación, y además de casi todos los personajes, incluidos también a veces otros espectadores de la vida, sentados quizás junto a él mismo. Al espectador le gusta ver a unos padres jugando con sus hijos en un jardín o en un parque, porque alguna vez también él fue un niño, o ver el bullicio de una gran ciudad, porque es sinónimo de vida, o ver a una pareja paseando o cenando tranquilamente en un pequeño restaurante, aunque quizás no haya podido vivir aún nunca escenas así o tal vez haga tanto tiempo que las vivió que ya casi no recuerde cómo eran, o cómo deberían de poder vivirse siempre, sea en el tiempo y en el lugar que sea, pero aquí, en el gran teatro del mundo.

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02 2010

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  1. Marian #
    1

    A veces elegimos ser espectadores por miedo a sufrir, o por miedo a equivocarnos, que no es más que miedo a atrevernos. Y aun superando ese miedo, si el papel que queremos vivir no está escrito para nosotros la vida nos devolverá a nuestra butaca de espectadores. Pero como me dijo una vez una amiga, “no desees nunca la vida de nadie, ni envidies la vida de nadie”, o algo así.

  2. Una Admiradora #
    2

    No creo que debamos ver la vida como espectadores, o nuestra propia vida mejor dicho, todo lo contrario tenemos que ser protagonistas principales, disfrutando y valorando todo lo bueno que podamos encontrar y aprender de lo que no nos haya gustado o no haya salido bien. Quizá, como bien escribiste ayer, sin apasionamientos excesivos para no defraudarnos a cada instante. Nuestra vida se compone de momentos de felicidad tan ínfimos, que siendo simples espectadores nos pasarían desapercibidos.Yo aplicaría lo de todo lo bueno tiene su lado malo y todo lo malo tiene su lado bueno, simplemente vivirlo y madurar. Y quizás los espectadores de tu vida, que los hay, aprendan a vivir.