El gato sin nombre

Está amaneciendo. En una Quinta Avenida de Nueva York completamente desierta, un vehículo circula en solitario. La luz en ese instante es crepuscular y bellísima, profundamente melancólica. El vehículo, un taxi, se detiene ante la joyería Tiffany’s, y de él desciende Holly (Audrey Hepburn), que se dirige a contemplar los escaparates, mientras saca de una pequeña bolsa un café y un cruasán. Así empieza Desayuno con diamantes, dirigida por el gran Blake Edwards, en la que es, muy posiblemente, una de sus mejores películas. A partir de esa secuencia inicial, los espectadores nos iremos sumergiendo poco a poco en la compleja historia de amor entre Holly y Paul (George Peppard), dos seres con un gran miedo a amar y a ser amados, con un pequeño gato sin nombre como silencioso y ronroneante testigo de esa historia. Si alguna vez nos preguntasen por qué nos gusta el cine o por qué vemos siempre tantas películas, seguramente las respuestas serían muy variadas, pero creo que las que más se repetirían serían que vamos al cine para emocionarnos, o para divertirnos, o para soñar en una vida diferente, y también para conocer y aprender a ser más tolerantes, o para intentar ser mejores personas, y quizás también -o sobre todo- para aprender a amar y para poder identificarnos con los protagonistas de aquellas historias que podemos llegar a sentir como realmente muy próximas, como pienso que ocurriría tal vez en el caso de Desayuno con diamantes, que cuenta además con una preciosa joya añadida, la banda sonora del maestro Henry Mancini y su maravillosa Moon river. Ya casi al final de esta muy notable película, cuando la relación entre Holly y Paul parece casi a punto de romperse, Holly decide abandonar a su pequeño gato sin nombre en la calle, en un día especialmente desapacible y lluvioso. Paul sale entonces del taxi en el que viajaban ambos para intentar encontrarlo, y Holly también unos pocos segundos después, y es en ese preciso instante cuando, por vez primera, seremos conscientes de que los dos quieren seguir juntos y de que intentarán perder el miedo a amar y a ser amados. Holly encontrará finalmente a su querida mascota en un callejón, y la recogerá, y la protegerá de la lluvia, mientras se abraza fuertemente a Paul. En cierto modo, al salvar a ese pequeño gato sin nombre, Holly y Paul estaban salvando también, quizás sin saberlo, sus propias vidas, y, de alguna forma, también las nuestras.

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02 2010

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  1. luis #
    1

    Mi más sincera enhorabuena a los “duendes” por su regreso, una columna que nunca tenía que haber desaparecido y que espero ,al igual que muchos lectores, que siga en UH durante muchos años. Ànimo Josep Maria.

  2. Ana Recio #
    2

    Hola Pep Maria, pensé que nunca más volvería a leer “los duendes”, estoy muy
    contenta que hayan vuelto, aunque me hubiera gustado más que hubieran vuelto
    al formato escrito cada día. Tengo los dos libros de los duendes que has
    publicado, y si alguna vez tengo oportunidad me encantaría que me los firmases
    y así poder conocerte un poco más, ya que leyendo los duendes te conocemos
    cada día un poquito.
    Un fuerte abrazo.