Desde el cielo

Siendo aún un niño, recuerdo que siempre me hizo una especial ilusión pensar que tal vez podría haber vida inteligente en otros planetas, y que quizás un día vendrían a visitarnos representantes de alguna muy avanzada civilización extraterrestre, como veíamos en las películas y en las series y documentales de la televisión. Mi convicción era entonces que si un día finalmente venían, seguramente sería en son de paz y que, además, serían seres muy parecidos a nosotros, aunque algunas películas de ciencia ficción de los años cincuenta me hacían albergar ciertas dudas en ambos sentidos. Recuerdo también que entonces me preocupaba de una manera muy especial la posibilidad de que esas naves alienígenas quizás no llegasen a descubrir que en nuestro planeta había vida, a pesar de su, sin duda, muy avanzada tecnología, porque pensaba que pasarían tal vez a una excesiva altura y distancia. Desconocía incluso si serían capaces de poder percibir los colores como nosotros lo hacemos, pero pensaba que si pudieran hacerlo, seguramente dirían, en su propio lenguaje extraterrestre, claro, que el nuestro era un hermoso planeta azul. Pero me ponía triste el pensar que quizás desde el cielo sólo verían eso, un hermoso planeta azul, y nada más, y que pasarían de largo, sin detenerse ni llegar a saber nunca que en ese hermoso planeta hay vida, y personas que nacen, y viven, y aman -o tal vez odian-, y mueren, personas que están tristes o alegres, que sueñan o sufren, que se enamoran y aprenden. Y que mientras eso sucede, van pasando los días y las noches, los años y las estaciones, y que en nuestras vidas influyen también los satélites y las estrellas, y que el mundo ha cambiado y sigue cambiando mucho en su superficie, aunque desde el cielo quizás no lo parezca. Como entonces yo era una persona especialmente predispuesta a soñar, pensaba que en caso de ser finalmente descubiertos, tenía alguna posibilidad de ser elegido por esos amigos extraterrestres, entre los seis mil millones de habitantes del planeta, para subir a su nave espacial y hacer un pequeño viaje, para estar ya de vuelta en casa a la hora de la cena. Y mientras me llevasen de aquí para allá, aunque a poder ser no más lejos de Venus o de Marte, yo les habría contado que cuando los seres humanos tenemos una esperanza, o rezamos una plegaria, o soñamos un sueño, miramos siempre hacia las estrellas, miramos siempre hacia el cielo. Allí en donde todavía creo que tal vez algún día nos descubrirán -me descubrirán- también ellos.

Acerca del autor

admin

Otras entradas por

Sitio web del autor

24

02 2010

3 Agregá los tuyos ↓

El comentario superior es el más reciente

  1. loli #
    1

    Parece que la naturaleza crece y se desarrolla en silencio y sin esfuerzo,todo en una perfecta armonía.Formamos parte de esa naturaleza y ese universo en equilibrio,al igual que nuestras células.Cuándo desconectamos de ese equilibrio por egoismo,todo se rompe.Disfrutemos de esas noches mágicas estrelladas,formemos parte de esa energia silenciosa que rige el universo.Un abrazo Josep

  2. Marian #
    2

    Hay un libro, “Ami, el niño de las estrellas” de Enrique Barrios, que es un precioso cuento acerca de un niño que es escogido por un extraterrestre para llevarle a hacer un pequeño viaje como el que tu soñabas. Igual lo has leído, si no es así todavía te ilusionará.

  3. Alicia Jane #
    3

    Espero que, mirando desde arriba, dispongan de un tiempo más sosegado, desetresado y sean más conscientes y tengan más perspectiva de las cosas…