La máquina infernal de Emaya
Desde hace ya un tiempo, Emaya cuenta con lo que podríamos denominar, sin exagerar lo más mínimo, como una auténtica máquina infernal, pensada para llevar a cabo al menos una parte de su labor de limpieza, en concreto, la de retirada de hojas y papeles del suelo. Se trata de una máquina que en su diseño nos recuerda a las sierras eléctricas que se han hecho muy populares gracias a películas de terror como La matanza de Texas, Viernes 13 y todas sus posteriores y sangrientas secuelas. Si en dichas películas las sierras eléctricas destrozaban los cuerpos de las víctimas, la máquina infernal de Emaya también lleva a cabo una labor de destrucción muy similar, en este caso la de nuestros propios nervios, no sólo de lunes a viernes, sino ahora también los sábados, para nuestra desgracia y nuestra desolación más absoluta. Estoy seguro de que si los controladores medioambientales de Emaya o la Policía Verde hicieran hoy mismo una medición de los niveles de ruido que alcanzan dichas máquinas cuando están en funcionamiento, Emaya acabaría denunciando a Emaya por alteración grave de la tranquilidad de los ciudadanos. Pero dudo de que ese tipo de mediciones se lleguen a hacer alguna vez, porque, salvo contadas excepciones, a casi ningún político parece preocuparle lo más mínimo cuánto podemos llegar a sufrir los ciudadanos o si existe algún remedio para hacer desaparecer ese sufrimiento. Nunca nos hemos quejado de los camiones que cada noche recogen la basura, porque siempre hemos sido conscientes de que, dadas sus características técnicas, tenían que hacer algo de ruido. En cambio, me pregunto de quién fue idea que las citadas máquinas infernales que nos destrozan la vida cada mañana sustituyeran a los tradicionales barrenderos, hoy denominados operarios de limpieza, que tanto con una denominación como con otra siempre demostraron ser muy trabajadores, eficientes y, además, extremadamente silenciosos. ¡Cómo les echo de menos! Estoy completamente de acuerdo con Matías Vallés cuando, en un reciente artículo, consideraba como prioritario e indispensable que Palma llegase a contar con un teniente de alcalde de Silencio, o cuando señalaba que el “único objetivo” del nuevo alcalde, el popular Mateo Isern, debería de ser “lograr una Palma silenciosa y limpia”. Espero que, por el bien de todos, finalmente lo consiga, aunque todos sabemos que desde hace años este país está enfermo de ruido, profundamente enfermo. Y además, a nadie parece importarle nadie en este sentido. Nuestro día a día está conformado por vecinos que ponen la televisión o la radio a todo volumen, sea a la hora que sea, por conductores que siempre que pueden nos demuestran la gran potencia de su equipo de música, o por aficionados a poner en marcha improvisadas y ruidosas fiestas justo en medio de la calle, por supuesto siempre la nuestra, nunca la suya. En nuestro país, incluso cuando se organiza una protesta, sea por la razón que sea, nunca es silenciosa. Cuánto más ruido, mejor, parecen pensar siempre sus organizadores. Casi nunca vemos ya en casi nadie el más mínimo rastro de civismo. Así que cuando no nos encontramos con una cacerolada nos encontramos con una concentración con silbatos, bocinas e incluso algunas vuvuzelas. Más que protestar movidos por una determinada causa o razón, lo único que de verdad parece preocupar a buena parte de quienes protestan es molestar y fastidiar lo máximo posible, sin pensar nunca en nuestros pobres tímpanos ni en nuestro frágil equilibrio anímico o psicológico. A veces tengo la triste sensación de que, gobierne quien gobierne, quienes acabamos sufriendo o quedándonos sordos somos siempre los mismos.
