Un país cansado y casi sin esperanza
Si no hubiera sido por la actuación de los llamados piquetes informativos, pienso sinceramente que la huelga general de hoy habría sido, salvo puntuales excepciones, un absoluto y rotundo fracaso en prácticamente toda España, algo que creo que al menos debería dar que pensar a los máximos responsables sindicales de nuestro país y de nuestra propia comunidad. Sin embargo, para que ello fuera así, previamente sería necesario que dichos responsables poseyeran un mínimo sentido de la autocrítica, sentido del que, por desgracia, creo que la mayor parte de ellos carece en estos momentos. Un observador que intente ser mínimamente neutral con respecto a nuestra triste realidad social y laboral del día a día, se habrá podido dar cuenta hoy mismo, por si aún no era plenamente consciente de ello, de que un país con una crisis económica gravísima -de una magnitud desconocida desde hace décadas- y con una tasa de paro literalmente insostenible, ha decidido no sólo no echarse a la calle, sino mayoritariamente trabajar y al mismo tiempo expresar públicamente el distanciamiento cada vez mayor que va sintiendo hacia sus representantes sindicales, a quienes muchos trabajadores ven en la actualidad tan alejados de sus propios problemas cotidianos como creen que pueden estarlo también hoy buena parte de los representantes políticos o de los medios de comunicación. Desde hace dos años, España es, económica y socialmente hablando, un país cansado, muy cansado, al borde de la desesperación y prácticamente sin esperanza. Durante esos mismos dos años, Gobierno, patronal y sindicatos tuvieron la oportunidad de intentar pactar una reforma laboral, pero no lo hicieron, por lo que cada parte debería de asumir ahora su responsabilidad ante ese fracaso. Por otra parte, cada vez que en nuestro país se convoca un paro general, parece que no queda más remedio que recordarle a los sindicatos que la huelga es o debería de ser siempre únicamente un derecho, nunca una obligación, pues una parte de los piquetes informativos se empeñan, huelga tras huelga, en tener un comportamiento profundamente antidemocrático, con personas que gritan, insultan, amenazan, obligan a cerrar comercios, cortan carreteras o impiden el paso, personas que, en definitiva, coartan nuestra libertad. ¡Ojalá fueran de verdad piquetes informativos! Cada vez que hay una huelga como la de hoy, sentimos que son las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad los que defienden realmente nuestros derechos como ciudadanos, no las centrales sindicales. Pero lo que resulta de verdad triste y absolutamente descorazonador, es que la actitud de esos piquetes más coactivos que informativos no desentona en absoluto con la que podemos observar día tras día en buena parte de los representantes políticos actuales, en muchos programas de radio o de televisión, en los comentarios anónimos que podemos leer en los medios digitales o incluso en los periodistas que son considerados como verdaderos creadores de opinión. En nuestro país faltan hoy más que nunca en décadas, es cierto, trabajo y condiciones laborales dignas en la mayor parte de empleos, pero al mismo tiempo faltan también, y yo diría que casi en el mismo grado de importancia, respeto, tolerancia, civismo y educación.
