Vivir en un melodrama de Douglas Sirk
En la época dorada de Hollywood, solía otorgarse el calificativo de “rey” a los directores que eran considerados como unos verdaderos maestros en el género cinematográfico que solían tratar con mayor asiduidad. Así, en la fábrica de sueños había hace medio siglo una “monarquía” plural, popular y democrática, en la que el “rey” -o ”mago”- del suspense era Alfred Hitchcok, el rey de la comedia era Billy Wilder, el del musical era Stanley Donen, y el del melodrama, Douglas Sirk. Como desde niño he sido siempre más monárquico que republicano, esos cuatro grandes directores se encontraron siempre entre mis realizadores -o “reyes”- favoritos. El esplendoroso y maravilloso reinado de Douglas Sirk en el campo del melodrama se prolongó más o menos por espacio de una década, la de los años cincuenta, que fueron los años del Technicolor y del Cinemascope, y de algunas de las pasiones más románticas y desaforadas que se hayan visto nunca en el cine. Cada vez que vuelvo a ver una película de Douglas Sirk, pienso que las historias de amor que hemos vivido, o que vivimos, o que podemos llegar a vivir, deberían de tener siempre al menos uno o dos de los ingredientes que mostraba Sirk en sus películas, la magia de los primeros momentos, la intensidad de las distintas emociones, la incertidumbre de saber si los sentimientos de amor serán o no correspondidos, el deseo de cambiar o de ser mejores gracias al amor. Del cine de este gran director alemán siempre me cautivaron, además, el tratamiento del color y el uso del formato panorámico, la elegancia que había siempre en los diálogos, en los actores o en los movimientos de cámara, el respeto que invariablemente mostraba hacia cada historia que contaba y hacia los personajes más desvalidos, el modo en que conseguía que los actores nos transmitieran perfectamente, con sólo un gesto o una mirada, todo el abanico de sentimientos que podemos experimentar cuando estamos enamorados, de la dicha o alegría más plena a la más absoluta tristeza o desolación. De Sirk me gusta también cómo muestra el paso del tiempo, la importancia que da siempre a los pequeños detalles, lo que es capaz de sugerir con sólo un leve movimiento de cámara. En la mayor parte de sus películas hay siempre un conflicto más o menos latente en torno a las parejas protagonistas, que en ocasiones se resuelve felizmente y en otras no, como suele ocurrir también en nuestras propias vidas, de ahí que sean, paradójicamente, melodramas profundamente realistas. En Obsesión, habla sobre la posibilidad de redención a través del amor, mientras que en Sólo el cielo lo sabe nos muestra un amor que debe de luchar contra todo tipo de prejuicios. En Tiempo de amar, tiempo de morir descubriremos que el amor puede nacer incluso en las circunstancias más terribles, en medio de una guerra, y en Imitación a la vida asistiremos al esfuerzo del amor para derrotar a la intolerancia. A veces he pensado que si fuera posible poder vivir dentro de un filme, me gustaría poder hacerlo en alguno del maestro y “rey” Douglas Sirk.
